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martes 8 de diciembre de 2009

teruruguay@gmail.com

EL REINO DE DIOS Y LA IGLESIA DE CRISTO  (pág. 194-198)  Cap. 11

 Ante nuestra mirada han desfilado uno tras otro los panoramas del reino de Dios en la Tierra, con todas las bendiciones que alcanzarán los seres humanos que vivan los días de la venida de Cristo y el restablecimiento del reino de Dios, para los que por su fiel comportamiento sean hallados dignos de ser librados de los juicios de muerte que caerán sobre la Tierra, pero ¿qué de la Iglesia de Cristo en ese tiempo, y cuál es su papel en el reino que se acerca?.

 En anteriores capítulos hemos visto que la Iglesia fue arrebatada de la Tierra en el comienzo de la Gran Tribulación.

 Al llegar los juicios de los siete años de la Iglesia se encuentra junto a Cristo en el trono del juicio, según Apocalipsis capítulo 4 hasta el versículo 7 del capítulo 6. Una parte de ella, bajo la figura de los veinticuatro ancianos sentados sobre los tronos dispuestos alrededor del trono de Dios, representa un organismo consultivo durante los grandes juicios. La segunda parte de la Iglesia, en presencia de los cuatro seres vivientes que rodean el trono, parece actuar como organismo ejecutivo. “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo?” (1 Cor 6.2), dice Pablo. Esta designación de la Iglesia para juzgar al mundo parece cumplirse plenamente en el tiempo de la Gran Tribulación.

 Cuando el mundo, en su exasperación contra Dios, dirigido por el anticristo, reúne sus ejércitos en el Armagedón para la batalla con el Cristo que viene, vemos a la Iglesia avanzando con El como combatientes vestidos de ropas blancas y limpias. (Apoc. 10:11-14)

 Después de la derrota del Armagedón y de los juicios en el valle de Josafat, ella, juntamente con Cristo, toma parte en el juicio de recompensas para los que fueron decapitados en tiempo de la Gran Tribulación (Apoc. 20.4)

 En el restaurado reino de Dios ella reina con El como su Esposa. “Y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”, dicen los representantes de la Iglesia (Apoc. 5.9-10). Sin embargo, debemos señalar el hecho de que la Iglesia en este tiempo se compone de miembros que tienen cuerpos inmortales y glorificados, semejantes al cuerpo de Cristo. Pero los que viven en la Tierra están aún en cuerpos temporales y mortales; por esa razón no puede haber plena convivencia en la Tierra entre la Iglesia y la Humanidad; de la misma manera como no existe reciprocidad entre los hijos de los hombres y los ángeles; aunque estos últimos, como servidores de Dios, están constantemente cerca de los vivientes en la Tierra y circunstancialmente han podido ser vistos por los seres mortales y alternar con ellos.

 Descubriendo el futuro del pueblo de Israel en tiempos del venidero reino de Dios, el Señor dice lo siguiente por boca del profeta Isaías; “Levántate, resplandece, Jerusalén; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (Isaías 60.1-3). “El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria” v.19.

Ante nosotros se presenta un majestuoso cuadro; en la Jerusalén terrenal, actualmente centro de atención mundial, se encuentra el trono de Dios –del Mesías Jesucristo-, como en otro tiempo estuvo en medio de Israel, en el desierto, el lugar santísimo del tabernáculo. Sobre el tabernáculo en el aire estaba el esplendor de la gloria de Dios. El pueblo de Israel, al ver la columna de fuego, sabía que en medio de ellos estaba la misma presencia de Jehová.

 Ahora sobre la Jerusalén terrenal, donde está su trono en el aire se ve un majestuoso esplendor de la Gloria de Dios, cuya luz excede a los rayos del Sol de nuestros días, y su reflejo se extiende por toda la Tierra.

 Todos los que viven en la Tierra, ante el resplandor que desciende sobre Jerusalén, saben  de la presencia permanente de Cristo. Esta gloria de la Jerusalén celestial que ilumina a la Jerusalén terrena es vista desde todos los puntos de la Tierra, es la misma Iglesia de Cristo, la cual es su Gloria.

 Concluidos los juicios sobre los hombres y purificada la Tierra,  Cristo y su Iglesia se alejan de la Tierra, pero continúa su presencia más allá de la atmósfera, visible para todos los moradores de la Tierra en la nueva Jerusalén. De allí provienen todas las órdenes a través del trono de David. De la Jerusalén terrenal las leyes del Señor son difundidas por medio de Israel, como sacerdotes de Dios, a los habitantes de toda la Tierra. (Ezeq. 43.6 a 48.35).

De esta manera, vemos que la Iglesia de Cristo permanece cercana a nuestro planeta durante todo el milenio. Pero en tiempos de necesidad, sin duda, sus miembros, y probablemente el mismo Señor, visitan a los moradores de la Tierra como en otro tiempo el Señor visitaba a Adán en el paraíso y conversaba con él; como El y sus ángeles visitaban a Abraham y tenían comunión con él y como en tantas ocasiones visitaron a muchos profetas.

 En términos generales, la escalera que vio Jacob, por la cual descendían y ascendían ángeles del Señor, estará abierta entre la Iglesia de Cristo y los moradores de la Tierra durante todo el tiempo del milenio.

 En nuestros días, el diablo, como príncipe dominante en el aire, actúa en los hijos de desobediencia en la Tierra (Efesios 2.1-2). Sus príncipes o jefes diabólicos ocupan cargos cerca de gobernantes y naciones enteras, dirigiendo su vida política (Daniel 10.12,13), y bajo la influencia de ellos cometen tales gobernantes funestos errores que amargan y ensombrecen las condiciones de vida en este mundo.

Durante el reino de Dios en la Tierra, Cristo y su Iglesia serán quienes ocuparán los dominios del aire, desde donde dirigirán la vida de todos los pueblos y de las personas en particular. Los reyes y sacerdotes de Cristo (1 Pedro 2 y Apoc. 1), o sea los miembros de su Iglesia, estarán detrás de los gobernantes y reyes de las naciones, siendo sus consejeros. Ellos enseñarán a todos los moradores de la Tierra. De  Cristo y de su Iglesia provendrán todas las bendiciones aprovechadas por los habitantes de la Tierra durante el reino milenial, y el conocimiento de Dios estará tan extendido como las aguas llenan los mares, dice el profeta Isaías en 11.9:  “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren la mar.”.

martes 29 de septiembre de 2009

Castigos sobre la Tierra

teruruguay@gmail.com

CAPITULO 9   LOS GRANDES JUICIOS Y LA GUERRA RELIGIOSA

 

Pág. 148.150     Castigos sobre la Tierra

 

Ocupados en asuntos impostergables el superhombre y sus ministros, por tres años y medio soportan las actividades de los santos. Aunque de tiempo en tiempo ellos prueban de impedirles, pero en cada intento sufren severos castigos, como antiguamente Egipto sufría castigos cuando se oponía a Moisés. Los horribles juicios descritos en Apocalipsis se suceden sobre el mundo, repitiéndose exactamente durante todo este período los juicios de Egipto, sólo que en escala mundial mucho más amplia.

 

La batalla hace tiempo que continua, pero ahora hemos entrado en la última etapa. Toda la atención del anticristo está concentrada en los profetas. Reconociendo su fracaso e impotencia y notando la pérdida de su prestigio y la completa imposibilidad de poder lograr la adoración que reclama en el día señalado; reconociendo su poder y su origen, es decir, que él cuenta también con fuerzas ultra físicas, el superhombre decide entrar personalmente en lucha con los profetas, porque del resultado de esta batalla depende su ulterior autoridad sobre todos los vivientes de la Tierra.

 

Para mayor reclamo se fija el día del duelo. La radio difunde por toda la Tierra la noticia sobre la decisión del jefe. En la plaza de Jerusalén, donde tiene que efectuarse el decisivo torneo, se instalan aparatos de televisión para que el espectáculo del combate a librarse sea transmitido a todas las naciones.

 

En virtud de que la lucha es más bien moral que física, como lo fuera en otro tiempo la contienda entre los profetas de Baal y Elías en la época de Acab, los profetas aceptan voluntariamente el llamado y se presentan a la hora señalada en el lugar designado para el duelo. Las radiodifusoras están ubicadas en sus lugares. En toda la faz de la Tierra la gente se congrega junto a sus televisores siguiendo el desarrollo del duelo comenzado.

 

El resultado de la primer contienda está descrito en dos lugares del Apocalipsis. En el primer pasaje Juan dice: “Y la bestia que era, y no es, es también el octavo; y es de entre los siete, y va a la perdición” Apocalipsis 17:9-12.   En el segundo pasaje leemos lo siguiente:  “Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella? Apocalipsis 13:3-4.  Y más adelante, en el mismo capítulo, leemos que el falso profeta seduce a los habitantes de la Tierra para que éstos le hagan imagen a la bestia que tiene la herida de espada y vive. Apocalipsis 13:11-15.

 

Significa esto que Juan ve a la bestia desaparecer y aparecer de nuevo. Ve a la bestia herida mortalmente, pero esta herida sana y los hombres de la Tierra, al ver su repentina y milagrosa curación, adoran al anticristo, diciendo: ¿Quién como la bestia, quién podrá luchar contra ella, o sea, vencerla?.

 

Algunos comentaristas dicen que estos pasajes son simbólicos e indican el restablecimiento del imperio romano, que “era, desapareció y aparece nuevamente” al final de la Historia. Que este imperio fue herido de muerte o destruido por la espada, pero nuevamente revive o se sana. Pero ¿cómo y por qué los habitantes de la Tierra tenían que seguir tras el herido y sanado imperio romano? ¿Cómo y por qué todos los hombres de la Tierra deben adorar a este imperio y al diablo que lo sanó? ¿Cómo la gente podrá hacer la imagen de este imperio curado, tenerlo junto a sí y orar ante él?.  No tiene sentido tal interpretación.

 

Las personas que propagaban, no hace mucho, esta teoría elevaban a Mussolini al papel de superhombre, como cabeza del imperio romano revivido y ahora no saben cómo aclarar su fracaso, ya que sus predicciones no se cumplieron. Italia fue vencida, Mussolini fue ejecutado, y en corto tiempo ha quedado olvidado casi por completo.

jueves 10 de septiembre de 2009

Primera etapa del restablecimiento del reino de Dios

Cap. 4 pág.74-77

UN PUEBLO ELEGIDO

A pesar de la caída del hombre y la transformación del reino de Dios en reino de este mundo bajo el control de Satanás, la idea de Dios y su plan de salvación no son abandonados. El enemigo de Cristo – Lúcifer_ pudo, con adulación y astucia, adjudicarse el dominio sobre la Tierra, pero el derecho de propiedad jamás fue cedido por Dios.   El restablecimiento del reino de Dios sobre la Tierra debía sobrevenir tarde o temprano. Es cuestión de tiempo.

 Cuando la familia humana que sufrió la terrible lección y advertencia del diluvio se desliza nuevamente por la pendiente, y la Humanidad multiplicada comienza a organizar los reinos de este mundo sobre la Tierra purificada por el diluvio, rompiendo así la relación con el verdadero Dios. Este no abandona al hombre. Dios encontró individuos con los que fuese posible entrar en contacto y por medio de ellos establecer su influencia en la Tierra.

 La primera de estas personas fue el fundador del pueblo de Israel, Abraham. Actualmente llamamos amigos a los aliados. Todos los pueblos se transformaron en enemigos de Dios, pero en la Biblia, Abraham es llamado “amigo de Dios” porque decidió ser aliado de Dios, cumpliendo su voluntad y cooperando en sus planes en cuanto al restablecimiento de su reino en la Tierra.

 La amistad entre Abraham y Dios se convirtió en un formal tratado. Abraham prometió ser fiel a Dios; por su parte, Dios prometió a su aliado un gran porvenir. El pacto fue sellado con la sangre de animales, que simbolizaban un gran propósito posterior.

 Además de prometerle ayuda y bendiciones personales, Dios ofrece a Abraham grandes bendiciones para toda su descendencia. Su promesa fue: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren, maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.  Génesis 12:1-3

 “Maldita es la tierra por tu causa” fue dicho al hombre cuando éste se pasó del lado del diablo. Ahora Dios halló al hombre que voluntariamente se puso de su lado.  El restablecimiento del reino de Dios debió comenzar desde Abraham, como la semilla de la mostaza en la parábola de Cristo. Dios promete hacer de él un pueblo grande y, para comenzar la restauración del reino, darle la tierra de sus peregrinaciones.  Esta se hallaba poblada por tribus cananeas. Dada la mala inclinación de los pobladores de esta región y previendo su caída moral hasta el último límite, la justicia de Dios, no pudiendo soportarles mucho más tiempo, procede a limpiar este territorio.  Por esto le dice “.. tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí y será oprimida cuatrocientos años… y en la cuarta generación volverá acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí”   Génesis 15:3-16

 Nosotros medimos el tiempo con medidas humanas, pero para Dios, que es eterno, mil años son como un día. Los cuatrocientos años que los descendientes de Abraham tenían que esperar eran poco menos que un abrir y cerrar de ojos, ante la infinita eternidad.

 La predicción de Dios a Abraham se cumplió con exactitud. Su nieto Jacob en persona y sus hijos debían trasladarse a Egipto, donde una pequeña familia se transformó en un pueblo numeroso de aproximadamente tres millones.

Habitualmente, cada movimiento especial entre los hijos de los hombres se origina a través de jefes e iniciadores. Asimismo, para cumplir el propósito divino debía aparecer un jefe.

 El diablo, conocedor de la promesa dada por Dios a Abraham, sabía también que, transcurridos los cuatrocientos años, los descendientes de Abraham deberían retornar a Palestina, y que para aquel entonces debía manifestarse en Israel el jefe designado por Dios. Por tal motivo, incita a Faraón, rey de Egipto, a promulgar el edicto sobre el exterminio de varoncitos recién nacidos. La sangre de los niños no era necesaria para Faraón, pero para el diablo era imprescindible prevenir la aparición del jefe y de esta manera detener o destruir el plan de Dios.

 Pero las lágrimas del pequeño Moisés acostado en el canasto resultaron más fuertes que las órdenes de un poderoso monarca, y aun más que las del príncipe de este mundo, el diablo. Lo débil en las manos de Dios llegó a ser más fuerte que todas las fuerzas de la Tierra.

 Además, como si fuera una burla sobre el diablo, aquél a quien tenían que dar muerte, se estaba educando en el palacio real. En lugar de aniquilar al jefe predestinado lo están preparando los propios enemigos para un gran ministerio.

 El Creador del Universo y de la Tierra, bajo el nombre de Jehová, se revela a moisés en llama de fuego en medio de una zarza, llamándolo para una gran misión. Le concede pleno poder para sacar a Israel de Egipto y organizar al pueblo que debía iniciar el reino de Dios en su primitivo aspecto.

 Bajo la dirección del mismo Jehová, después de alguna lucha con las potencias de este mundo, el pueblo se libera de la dominación faraónica y se dirige hacia la tierra de promisión. En columna de nube o de fuego, Jehová personalmente va delante de su pueblo. En su marcha aparece la primera barrera: el Mar Rojo se extiende delante del pueblo. Restablecido ya del último golpe – la pérdida de sus primogénitos -, Faraón organiza, inspirado por el diablo, la persecución armada para aniquilar a Israel.

La destrucción del pueblo parece inevitable en los primeros días de su liberación. Delante está el mar embravecido. Detrás, los carros y los jinetes del Faraón. NO hay a la vista medio natural alguno para la salvación. Moisés se dirige en oración a Jehová pidiendo ayuda. “Dí a los hijos de Israel que marchen”, se le ordena desde el cielo en respuesta  a su petición. El abismo del mar se parte, el pueblo pasa en seco por el fondo del mar. El ejército de Faraón que persigue a Israel perece en medio de las olas.

 Este es un inusitado momento y un caso extraordinario en la historia de los moradores de la Tierra desde los días de su creación. Las aguas no se abren ante Moisés ni delante del pueblo conducido por él, sino ante la presencia del mismo Creador. Nosotros estamos acostumbrados a mirar este milagro como algo sobrenatural. Sin embargo, para Dios no existen maravillas, todo es natural para El y sus infinitos recursos

viernes 3 de octubre de 2008

libro en formato PDF

Sabés que para leer el libro en este formato (pdf) necesitás tener instalado el programa Adobe Reader.  Te recomiendo la versión 7.0, pero cualquiera te sirve igual.
Podés bajar el programa gratis aquí mismo: http://www.adobe.com/es/products/acrobat/readstep2.html

Estoy escaneando el libro de a poco, ya está listo; la introducción y el cap. 1, pero cada día se irá agregando un capítulo nuevo.

En lo personal me pareció tan bueno este material, que da lugar a realizar un "foro" de discusión sobre distintos temas del mismo.   Si te interesa!!!???.

Que lo disfrutes!

. prologo editorial
. palabras del traductor
. prefacio
                              

sábado 12 de abril de 2008

CAP 10 preparativos para una guerra atómica...

teruruguay@gmail.com (pág. 170-172)

PREPARATIVOS PARA UNA GUERRA ATÓMICA EN LA ESTRATOSFERA SOBRE PALESTINA.

Armamentos con instrumentos destructivos sin precedentes hasta nuestros días; innumerables tropas movilizadas se dirigen a Palestina. Destacamentos de distintos tipos con armas adecuadas se ubican en lugares estratégicos alrededor de Jerusalén y del monte de los Olivos. Se sitúan rampas de lanzamiento de cohetes abastecidos con proyectiles atómicos y de hidrógeno. Las fuerzas aéreas del superhombre también son concentradas en Palestina, para que la lucha se desarrolle a tales alturas que no infeccione la atmósfera respirable con intoxicación radiactiva.
Los destacamentos reunidos, compuestos por los más devotos adoradores del anticristo, impulsados con la audacia de Satanás, semejante a la anterior guardia de Hitler, desde el cuartel general del superhombre difunden incesantemente mensajes animadores prometiendo el pleno éxito en la batalla, con proclamas tales como: “No permitiremos a los extraterrestres que toquen la Tierra, iremos con nuestra armada aérea a su encuentro y los aniq1uilaremos en el aire; si fuera necesario, haremos estallar proyectiles en la estratosfera que elimine a las naves espaciales mucho antes de llegar a nuestra atmósfera, pues “¿quién es semejante a nuestro jefe, y quién podrá combatir con él y derrotarlo?.” Estas soberbias exclamaciones animan todo el tiempo a los destacamentos concentrados.
Finalmente todos los preparativos están concluidos, cada cual está en su puesto. Enormes telescopios apuntan al espacio, los radares escrutan el firmamento. Se aguarda la última orden y la última señal de parte del jefe desde el cuartel general para precipitarse en la loca batalla. El momento espantoso que advierte la tensa espera parece interminable. No sabemos cuánto tiempo va a durar, pero cuando la tensión alcanza el punto máximo, de pronto, en medio del día, el Sol comienza a oscurecerse paulatinamente y aparece un enorme disco lunar de color de sangre. En las estrellas se nota un extraño movimiento jamás visto hasta el momento. Terribles sacudidas subterráneas convulsionan la Tierra. Devastadores torbellinos con fuerza impresionante arrancan todo cuanto encuentran a su paso. Estrellas del cielo o meteoritos, semejante a lluvia de fuego, comienzan a caer y esparcirse sobre los destacamentos concentrados. Los aparatos aéreos son destruidos; los cañones se convierten en fragmentos. Un espantoso bramido en el agitado mar Mediterráneo ensordece la voz de mando que pretende guardar la disciplina. Los hombres se tambalean como ebrios; las filas de tropas en formación se rompen. La audacia que llenaba los corazones de los soldados se torna en espanto.
Todo deseo de lanzarse a la lucha desaparece, y también desaparece la última posibilidad de lucha, porque no se ve adversario alguno y las desencadenadas fuerzas de la Naturaleza se precipitan contra la Tierra movidas por mano invisible; el horror se pinta en los rostros.
El terror provoca muerte masiva; los soldados perecen de parálisis del corazón. Para terminar lo antes posible con esta situación se suicidan asesinándose uno al otro (Apoc. 6.4). La sangre se derrama a raudales, porque la muerte repentina es más deseada que la tensa espera, horrible e incierta.
El Señor Jesucristo, hablando de estos acontecimientos dice: “Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas” (Lucas 21.25-26). Y en otro lugar dice: “El sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos serán conmovidas” (Mateo 24.29; Marcos 13.24-25).
El profeta Zacarías, previendo el momento que hemos descrito dice: “Y acontecerá que en ese día no habrá luz clara, ni oscura… Y ésta será la plaga con que herirá Jehová a todos los pueblos...; la carne de ellos se corromperá estando ellos sobre sus pies, y se consumirán en las cuencas sus ojos, y la lengua se les deshará en su boca. Y acontecerá en aquel día que habrá entre ellos gran pánico enviado por Jehová; y trabará cada uno de la mano de su compañero, y levantará su mano contra la mano de su compañero” (Zacarías 14.6, 12-13)

viernes 11 de abril de 2008

CAP 10 el armagedón y el fin de esta edad

teruruguay@gmail.com (pág. 165-170)

EL ARMAGEDÓN Y EL FIN DE ESTA EDAD
Llega el momento culminante en la historia de la humanidad como no existió desde los días de la creación del hombre en la Tierra. Se aproxima el momento del así llamado Armagedón. El hombre cayó, vivió en pecados, rechazando a su Creador, obedeciendo las insinuaciones del diablo, pero jamás llegó a una abierta rebelión contra Dios con la insolencia satánica de esos últimos tiempos. El Armagedón es la tentativa de los hombres de la Tierra de luchar físicamente contra Dios.
Mucho se ha hablado y escrito acerca del Armagedón, porque sobre este acontecimiento existen diversas opiniones. Pero nuestra tarea no es entrar en discusión referente a las distintas interpretaciones de los hombres, sino la de seguir estrictamente la enseñanza de la Biblia sobre dicha cuestión.
A la luz de la Biblia vimos el desarrollo de los eventos mundiales hasta el último momento, momento de grandes persecuciones y terribles juicios sobre todos los habitantes de la Tierra. Y ahora, ante nuestra mirada, comienza a desenvolverse el ulterior cuadro, el cuadro del Armagedón.
Cuando Herodes, en su tiempo, había ascendido ilegalmente sobre el trono de los reyes de Israel y oyó acerca del nacimiento del Rey legítimo de la casa de David, se estremeció, y con él toda Jerusalén fue alarmada, es decir, los hombres que compartían con él el poder (Mateo 2.1-15)
Del interrogatorio a los jefes espirituales de Israel, Herodes se entera de que el Rey Mesías debe nacer en Belén y a ese pueblo envía un destacamento de soldados a fin de exterminar a todos los niños de sexo masculino nacidos allí, pretendiendo con ello impedir la aparición del legítimo Rey.
En los últimos tiempos de la historia mundial encontramos un cuadro similar. El diablo ha tomado ilegalmente poder sobre el mundo, haciéndose rey de todos los reyes de la Tierra, autoproclamándose dios mundial sobre toda la Humanidad.
Pese a ello, muchos israelitas y creyentes de ese entonces que permanecieron fieles a Dios durante los tres años y medio de su gobierno anunciaban a toda la gente que su gobernante es un impostor, que pronto vendrá el Verdadero, el Legítimo Rey de reyes y Señor de los que señorean, el que creó la Tierra y da a todos vida y respiración y todas las cosas.
Aquel que al tiempo debido vino en carne humana y murió en la cruz del Gólgota a fin de redimir a la Tierra con su propia sangre de la potestad de Satanás.
En los últimos tres años y medio el diablo aplica todo esfuerzo para exterminar a los creyentes en Dios y poner fin a las alusiones concernientes a El; pero los perseguidos y sufridos no callan. En los interrogatorios y durante los tormentos ellos continúan testificando delante de sus verdugos sobre la inminencia de la venida de Cristo, el legítimo Rey de toda la Tierra (Mateo 10.16-23), tal como hace veinte siglos hacían los primitivos cristianos, con el éxito y eficacia que son notorios en la Historia.
Como una vez Herodes se enteró por los jefes espirituales de Israel del lugar donde nacería el Rey, ahora el superhombre, sus colaboradores y todos sus agentes que persiguen a los creyentes, interrogándolos ante los tribunales, se enteran perfectamente dónde debe aparecer Cristo en su venida. Este lugar es el monte de los Olivos, próximo a Jerusalén (Hechos 1.10-12 y Zacarías 14.3). Todas las señales de su advenimiento se presentan y el anticristo, como en otro tiempo Herodes, intenta impedir la venida del Señor para así retener el domino sobre la Tierra. Y si no, en último caso, llevar consigo a la perdición a todos los moradores de la Tierra.
Se convoca a gobernantes y agentes del superhombre a una conferencia mundial. David, previendo ese momento, dice: “¿por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantan los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su Ungido… El que mora en los cielos se reirá. El Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor y los turbará con su ira” Salmo 2.1-5
En esta conferencia convocada por el anticristo de todos los gobernantes de la Tierra que están bajo su dominio, se decide realizar una movilización general de las fuerzas vivas y técnicas del mundo a fin de lanzarlas al encuentro del Cristo que viene.
Juan, al describir esta movilización en el libro de la Revelación, dice: “Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta tres espíritus inmundos a manera de ranas; pues son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo para reunirlos a la batalla de aquel gran día de Dios Todopoderoso… Y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón” (Apocal. 16.12-16)
Humanamente hablando, la movilización de fuerzas para la lucha con el mismo Dios que viene a la Tierra es absolutamente increíble. Únicamente los insensatos pueden llegar a semejante reflexión, porque ¿qué lucha puede haber entre los seres mortales de la Tierra con los inmortales que viven eternamente con Dios y que vendrán juntamente con él? ¿Qué armas podrán resistir contra el Creador del Universo? Esta insensata imaginación es una fantasía del raciocinio humano.
Para la persona que piensa normalmente, semejante empresa es una lucra; no obstante, debemos tener presente el hecho de que la Humanidad está engañada y seducida por el diablo. Rechazó la verdad dada por dios para su salvación y ahora Dios permite a los moradores de la Tierra el espíritu de error, de modo que ellos creen completamente la mentira satánica (2 Tesal. 2.12)
Ellos recuerdan la escena del reciente combate de su jefe con los dos profetas, los que poseías fuerzas sobrenaturales, a quienes él derrotó a la vista de todo el mundo. En la embriaguez del triunfo los vivientes de la Tierra exclamaron: “… ¿quién como la bestia, y quién podrá luchar con ellas?” Apocalipsis 13.4
Si él venció a los profetas, ¿no puede, acaso, medirse con las fuerzas celestiales que vienen? Empieza con una frenética propaganda por todo el mundo. Juan ve a tres espíritus inmundos que salen de la trinidad satánica y que llaman a la lucha alocada en la Tierra. Estos espíritus de propaganda efectúan diversas señales animando a los hombres para la batalla, infundiendo en sus corazones una falsa esperanza de éxito.

viernes 28 de marzo de 2008

CAP 5 segunda etapa: llamamiento de la Iglesia de Cristo

teruruguay@gmail.com
(pag 95 a 98)
El fracaso de Israel como instrumento del plan de Dios es una interrupción temporal visible que dura ya casi dos mil años. Para nuestro entendimiento humano este período parece increíblemente largo, pero en el cálculo de la infinita eternidad es un tiempo corto.
Esta breve y temporal interrupción no es un fracaso en la restauración del reino de Dios, sino solamente una tregua provisional de la última preparación hacia su fiel y justo florecimiento. Porque en el temporal rechazo de Israel a su Rey comenzó el nacimiento o aparición de la Iglesia de Cristo. La Iglesia no es la continuación del reino de Dios sobre la Tierra en otra forma y de un modo distinto. En contra de lo que piensan algunos y predican muchos desde los púlpitos la Iglesia no es una organización. La Iglesia es un organismo.
Para el establecimiento del reino de Dios fue escogido y reconocido un pueblo apartado, una nación entera. En cambio, la Iglesia no es un pueblo, sino Ecclesia.
En la antigua Grecia se denominaba la institución nacional, semejante a nuestro Senado actual, Ecclesia. Se componía de las mejores personas del país, a quienes el pueblo llamaba, apartándolas de la masa restante de ciudadanos para la conducción del país. De aquí proviene el nombre de Ecclesia, que significa “separada”, “llamada”. De esta institución dependían todas las decisiones importantes en la vida de todo el pueblo.
Al surgir la Iglesia de Cristo, recibió la misma denominación de Ecclesia en virtud de su naturaleza y significa, porque ella no es el pueblo, sino que se compone de personas separadas, apartadas y llamadas por el Espíritu Santo de entre todas las tribus y pueblos que habitan la Tierra.
En Israel existía la ley por la cual el pueblo debía entregar a Dios de lo mejor de todas las primicias: del campo, del huerto, de los rebaños de todo animal y hasta de los hombres. Todos los primogénitos pertenecían a Dios. La Iglesia está compuesta de primogénitos humanos.
Tal vez surja una pregunta referente a la calidad de miembros visibles de la Iglesia, porque en el seno de la misma encontramos a muchos que pueden parecernos lo peor y no lo mejor del número de la familia humana.
Desde el principio mismo vemos dentro de ella a simples pescadores como Pedro, Juan y otros. También notamos a ávidos e impuros recaudadores de impuestos, entre los cuales están Mateo y Zaqueo; mujeres como María Magdalena, la que se hallaba posesionada por siete demonios; el malhechor de la cruz; el opresor, perseguidor y homicida Saulo; más tarde el apóstol Pablo. Todos éstos fueron miembros de la Iglesia en sus primeros años.
En la posterior historia de la Iglesia, especialmente en nuestros días, hallamos que hay dentro de la misma quienes eran borrachos, drogadictos, mentirosos, ladrones, adúlteros y homicidas; sin contar quienes cumplieron condenas carcelarias y en trabajos forzados, por sus delitos. ¿De qué manera estas personas pueden ser las mejores de entre toda la Humanidad? ¿Cómo pudo el Señor apartar a los tales y hacerlos miembros de su Ecclesia?
Nosotros vivimos dentro de un marco limitado en nuestro conocimiento, porque vemos únicamente la apariencia externa del hombre; sin embargo, no conocemos la calidad de muchas cosas interiores. Dios no mira el aspecto externo, sino la naturaleza interna. A veces El ve, bajo la misma envoltura grosera, repugnante y poco atractiva de la existencia humana, un extraordinario valor y grandeza de alma.
Por eso, El envía a sus representantes, a sus testigos, en medio de todos los pueblos con la buena nueva de salvación para cada habitante de la Tierra. Con esta buena noticia El logra levantar a los caídos en la suciedad del vicio, apartándolos del ambiente en que viven por medio de su Palabra, regenerándolos con el Espíritu Santo a una nueva vida, lavándolos con su sangre del lodo pecaminoso, y hace de ellos perlas preciosas con la pureza cristalina que ha de brillar con su luz por los siglos de los siglos. De estos llamados y apartados de entre todos los pueblos, como de piedras vivas, El organiza su Ecclesia (1 Pedro 2.4-5), la “Iglesia de los primogénitos” (Hebreos 12.22-23)
Durante el último encuentro con Cristo, antes de su ascensión al cielo, estando reunidos en su derredor, los discípulos le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo?” En respuesta a este interrogante El les declara: “No toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros, el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” La pregunta acerca del restablecimiento del reino está reservada conforme a la voluntad de Dios Padre; aquí comienza la separación y el llamamiento de la Ecclesia. Id por todo el mundo, buscad, llamad, salvad de este mundo y redimid a las almas; he aquí el poder de Cristo dado a sus discípulos.
La tarea de la Iglesia no consiste en restablecer el reino de Dios, ni tampoco en predicar sobre el reino, porque el Señor no encomendó tal cosa a su Iglesia y nunca lo hará. El pueblo de Israel fue llamado al reino; por consiguiente, él mismo se ocupará de esto cuando venga el tiempo señalado por el Padre. En cambio, los miembros de la Iglesia son escogidos y llamados para invitar a otros, los cuales son regenerados para regenerar a otros. “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4.19), decía Pablo. Y así será hasta el tiempo en que su cuerpo, su Ecclesia, alcance la plenitud señalada por Dios (Romanos 8.29-30, y 11.25)
Por eso, la orden de “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura; el que creyere y fuere bautizado, será salvo y el que no creyere, será condenado” suena para todo el que en El cree (Marcos 16.15-16)

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